
Santiago de chile, metro Estación Baquedano, seis de la tarde de un día lluvioso, las personas caminan, solamente caminan olvidando hacia donde van, no miran al frente, esconden sus miradas de la angustia que los rodea, el miedo y el fracaso los van envolviendo como una manta de humo negro, sus cabezas se alejan de búsquedas e ideales ausentes en este sistema que los ha olvidado y cambiado por caras bellas y cuerpos plásticos como sus tarjetas de crédito.
A donde vamos, a donde voy, por que estoy acá, a las seis de la tarde en esta estación de mierda repleta de cuerpo inertes con una extraña mezcla de culpa y rabia, prepotencia y amabilidad encubierta por ceder el asiento a la abuelita que ya estaba hace muchos años cansada.
Tengo algo en mi garganta que no puede salir hasta quizás cuando me acueste y derrame algunas de las lagrimas habituales que lavan mi cara por la ausencia eterna que siento, desesperanza y ambiciones externas, ilusiones fabricadas desde la pantalla de mi televisor oscuro, de mi pantalla pequeña que sumerge el pensamiento hacia algunos cuestionamientos absurdos.
Estamos en un frasco de licor maldito, donde ni el viento ni el amor soplan ninguna cara ni alma, donde las manos chocan con las paredes que nos protegen o limitan a la inmovilidad de nuestras almas, de nuestros amores y realidades bastardas que nos hacen dudar de cuando “florecerán los Aromos”, si lo harán y si vale la pena que lo hagan, pues ya no están acá para jugar y compartir espacios y momentos con nosotros. Dudar, derecho y obligación moral, la duda, mil veces silenciada, dudar, pasó primero a la transformación de nuestras realidades.
Hay vientos que en mi cabeza no soplan, preguntas y respuestas inmediatas, comprender esta cosa que tanto daño nos ha hecho, noción de patria absurda, banderas y escudos, monumentos y nombres de plazas y calles a la vergüenza y característica natural de este país silencioso y silenciado. País de dudas, país de rojas casas teñidas por la sangre y el abandono, la historia pisoteada, los recuerdos cansados del manejo gubernamental con su oscuro manejo institucional, país individual, solidario solo con Don Francisco y su billetera maldita, repleta de la solidaridad del los que solo buscamos una excusa para poder seguir caminado sin tanta vergüenza al descubrir entre cartones camas y niños cubiertos de frió, pan verdoso, olor a orina deshumanizada olor a realidades oscuras.
Metro Baquedano, repleto de nuevo por la mierda, y en el apretón maldito que me da el un sujeto contra la puerta del tren, mi grito se escucho hasta La Moneda,
¡¡¡PIDO RESPETO!!!!